domingo, 21 de agosto de 2016



El hombre concibe el valor las cosas y los hechos por lo que cuestan y lo que representan. La medida es siempre la dificultad y demanda para conseguirlas, de tal modo que, todo lo que exige un gran esfuerzo es porque tiene un gran valor.
                  
Así, bien miradas las cosas, todo lo que se dé gratuitamente es sospechoso de poco valor e importancia. Se relaciona la gratuidad con el valor. Y la realidad no es exactamente así, porque la gratuidad no tiene por qué ser barata o de poco valor. En este caso, lo que Jesús nos promete y regala, no por ser barato es fácil de conseguir.

El atravesar la puerta estrecha, al parecer no muy difícil, se hace dificultoso e imposible para muchos. Y difícil para todos. De tal manera que nadie será capaz de atravesarla sin la ayuda del Espíritu Santo. Morir a uno mismo, condición imprescindible para poder atravesarla, está fuera de nuestras posibilidades. Sólo con Jesús y por el auxilio del Espíritu Santo, podemos conseguirlo

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