jueves, 3 de noviembre de 2016

No se nos va el disgusto rápido cuando se trata de algo que se ha extraviado y nos cuesta recuperar. Dejamos todo y emprendemos la búsqueda desesperadamente y con el deseo de recuperarlo. Todavía es mucho peor cuando se trata de una persona. Encontrarla es saltar de gozo y alegría.

Un signo de la importancia y preocupación por recuperar o salvar a la persona perdida es el esfuerzo de, dejando todo, emprender el esfuerzo de la búsqueda. Ese gesto y acción descubre la importancia para ti del valor de esa persona. Y ese gesto es del que nos habla hoy Jesús en el Evangelio.

«¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’». 

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