domingo, 5 de marzo de 2017

Nuestro desierto muchas veces se esconde y no lo parece. Hay en él espejismos que nos hacen ver que no caminamos por un desierto. Pero la verdad es que nuestra vida es un desierto. Un desierto donde aprendemos a prepararnos para vivir y solventar todos los obstáculos que se nos presenta.

Y un desierto es también el camino donde experimentamos muchas vivencias de renuncias, de sacrificios y de durezas, que nos enseñan y prepararnos para soportar con firmeza y entereza la vida que nos aguarda. A soportar y resistir las inclemencias del tiempo y de las tentaciones que amenazan destruirnos.

Pero, para todo ello, necesitamos la compañía del Espíritu Santo, que también acompañó a nuestro Señor Jesús, para que nos fortalezca, nos asista y nos de la sabiduría y la voluntad para saber discernir y rechazar todo aquello que nos aleja del único y verdadero Camino, Verdad y Vida.

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