viernes, 6 de julio de 2018

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El amor que damos a nuestros hijos que, aparentemente se muestra gratuito, no es tal, pues en lo profundo de nuestro ser reclamamos sus cuidados y nos encontramos con nuestros derechos de exigirles obediencia y respeto. De acuerdo que así debe ser, pero no por decreto y derecho nuestro, sino en correspondencia voluntaria al amor recibido. ¿Y les damos ese amor?

Muchas veces, quizás sin darnos cuenta, los hemos utilizado y les exigimos mirando más a nuestro orgullo y satisfacción que a su propia conveniencia. Les queremos elegir pareja, vocación o carrera y hasta formas de vida…etc. Y todo para sentirnos orgullosos e importantes. Para quedar como unos padrazos.


Pero, ¿en realidad pensamos sólo en el bien de ellos? ¿O miramos para nosotros queriendo recuperar todo lo que en ellos hemos invertido? Posiblemente no sea así, pero, sin darnos cuenta, hay mucho de eso en nosotros. Mateo dejó su mostrador de impuesto y se entregó a compartir su vida desde Jesús con los que la necesitaban. ¿Pensamos nosotros, desde nuestras circunstancias responderle al Señor de la misma forma?

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