lunes, 4 de agosto de 2014



Desde que el corazón despierta hasta que vuelve a descansar el peligro ronda nuestro ser. Incluso hasta cuando descansa está amenazado con la muerte. Muchos se han visto sorprendido en esa hora. El camino está sembrado de rosas, pero también de espinas.

Tratamos de salvarlas, pero experimentamos que solos no podemos. Nuestra naturaleza herida por el pecado es débil y frágil y los peligros la acechan en cada instante. La vida es una guerra en la que cada día se entabla una batalla.

Por eso, como Pedro, gritamos, ¡Señor, sálvanos!

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