lunes, 28 de diciembre de 2015



Lejos de calmarnos, cuando nos sentimos defraudados, nos enfurecemos y nuestra agresividad irrumpe sobre otros que no deben culpa. Posiblemente nos arrepentimos luego, pero el daño ya está hecho. Conviene reflexionar y dominar nuestro ímpetu.

Sucede que cuando estamos dispuestos a conseguir nuestro propósito, perdemos el control y hacemos disparates que hieren y hacen mal a otros. No podemos perder el sentido de lo justo y verdadero, porque, tarde o temprano, nos sentiremos mal.

La historia nos retrata y habla mal de aquellos que se han tomado la justicia por su mano, denunciándoles y poniéndolos en su sitio. Es el caso del rey Herodes, sobre el que recae la muerte  de aquellos niños asesinados por su locura ambiciosa.

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