domingo, 31 de enero de 2016




Nadie hay profeta en su tierra. Una sentencia que, no sólo es verdad, sino que la hemos vivido en nuestras propias carnes. Porque donde menos somos escuchados y valorados es en nuestra propia casa. Es una historia que se repite a menudo en muchas lugares.

A Jesús le ocurrió eso. Conocido por sus paisanos, no entendían que se declarara el Mesías enviado, pues se decían: pero, ¿ no es este el hijo de José y María? ¿De dónde le viene esa sabiduría y autoridad? En sus planes y cabeza no entraba esa revelación.

Y, aún hoy, persiste. Muchos no creen que Jesús sea el Mesías, e intentan destruirlo con sus lenguas, con sus persecuciones, con sus rechazos y con todo lo que se les ponga a su alcance. Están ciegos y no ven las maravillas que hace el Señor.

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