lunes, 30 de mayo de 2016




Cuantos dueños de una propiedad la ponen en manos de unos arrendatarios que luego se rebelan contra él no queriéndole dar los beneficios y frutos que le pertenecen. ¿No ocurre eso hoy también? Jesús lo cuenta a los sumos sacerdotes, fariseos y ancianos de su tiempo porque es lo que le está sucediendo a Él.

Porque eso es lo que ha pasado con nuestro Padre Dios. Nos ha entregado este hermoso regalo del mundo, y lo administramos según nuestro antojo y capricho. Y muchos se quieren apoderar de él expulsando a otros. Así nacen enfrentamientos, explotaciones, esclavitudes, guerras y muertes. 

Y ha enviado a varios mensajeros y profetas, y, por último a su Hijo, Jesús, para poner orden y señalarnos lo que estamos haciendo mal, y, no sólo les rechazamos sino que terminamos por matarlos. Al Hijo también. Tan claro estaba todo que habían comprendido que lo decía por ellos. Pero eso no fue óbice para desistir de sus malas intenciones. ¿No nos puede estar pasando a nosotros lo mismo?

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