lunes, 9 de mayo de 2016


Estaba acertado Gamaliel cuando aconsejó al Sanedrín respecto a las predicaciones de los apóstoles. Sobre dejarlos por un tiempo. Porque si no era cosa de Dios, todo volvería a su sitio, pero si continuaban en el tiempo, era señal que era cosa de Dios. Y contra Dios no podrían luchar.

Y así parece que ha sido. Desde Pentecostés la Iglesia no ha parado su marcha. Contra viento y marea ha seguido la Misión que le ha sido encomendada por Jesús, su fundador. Y, Pedro, como cabeza visible de la jerarquía, en la persona de los Papas que le han sucedido, sigue, auxiliado por el Espíritu Santo, al frente de la misma.

Después que, detenido Jesús y condenado a muerte, los apóstoles, asustados y llenos de miedo, Pedro lo negó tres veces, se dispersaron y le dejaron solo. Pero más tarde, a impulsos del Espíritu Santo prometido, la Iglesia, impulsada por el Colegio Apostólico, persevera y continúa hasta nuestros días. 

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