domingo, 12 de junio de 2016



Si tuviésemos que juzgarnos a nosotros mismos seguramente nuestro juicio sería benigno y misericordioso, pero no ocurriría lo mismo si fuese otro. Nosotros nos vemos más justos y buenos, y a los demás los vemos más pecadores.
                       
Es el caso del Evangelio de hoy. Para aquel fariseo, Simón, la mujer que entró en su casa era pecadora. Su pensamiento la delataba y la juzgaba. Seguramente con su lengua la había adulterado mucho más que con su cuerpo. Pero no advertía lo que él dejaba de hacer con el tratamiento a su huésped. 

Nuestros ojos se abren para ver al otro y los pecados del otro, pero están cerrados o ciegos para ver nuestros propios pecados. Y mientras no los abramos no veremos el camino de regreso al Perdón y la Misericordia de Dios. Eso fue lo que el hijo pródigo, como la mujer adultera, descubrieron. Y Simón y el hermano mayor del prodigo, no.

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