martes, 20 de septiembre de 2016



El parentesco sanguíneo no es más fuerte que el que se establece en la amistad, la simpatía y compenetración que sintoniza en el encuentro de pensamientos y en la verdad. De tal forma que, sin haber ninguna característica sanguínea, si hay una espiritualidad común que los une y hermana íntimamente y profundamente.
                                 
En el orden espiritual somos hermanos de Jesús en la medida que, hermanados en el Espíritu Santo por el Bautismo, por Voluntad de Dios, cumplimos sus mandatos fieles a nuestros compromisos bautismales. Nos une el amor de Dios y su Voluntad de hacer sus hijos.

En ese sentido, por la fe y nuestras obras, quedamos unidos al Señor Jesús, y por Voluntad del Dios Padre, hijos adoptivos y hermanados en el Señor Jesucristo, coherederos, por sus méritos de Pasión y Muerte, de la Gloria del Padre.

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