viernes, 30 de septiembre de 2016



En nuestra vida ocurre que no todo lo que oímos lo retenemos. Se hace necesario escucharlo y prestarle atención. Rumiarlo interiormente y guardarlo conscientemente dentro de nuestro corazón, para sacarlo en el momento oportuno y necesario. Así, podemos aparentar escuchar, pero simplemente oímos y el viento se lo lleva.

La palabra se hace vida cuando, escuchada somos capaces de transformarla en obra y darle animación y vida en nuestra propia vida, valga la redundancia. Sólo así se hace reflejo de lo que hay y se experimenta en nuestro corazón. De lo que abunda en el corazón, rezuma la boca.

Jesús, nuestro Señor, vivió muchos momentos de su Vida en unos lugares concretos, pero se lamentó que en esos lugares, Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, no interiorizarán su Palabra y la dejasen evaporar. ¿Puede, quizás no nos hemos dado cuenta, qué a nosotros nos esté sucediendo lo mismo? Tratemos de que esto no nos suceda.

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