miércoles, 16 de noviembre de 2016

Nos olvidamos pronto de dónde venimos. Los malos momentos se nos olvidan enseguida cuando aparecen los buenos. Ya no recordamos quiénes éramos o de dónde venimos. Y cuando prosperamos pensamos que se debe a nuestras cualidades y talentos. Nos endiosamos y nos creemos fuertes y suficientes.

En ese contexto, la idea de Dios Padre se emborrona y se nos olvida. No necesitamos ningún Dios, porque nos hemos puesto nosotros como nuestro propio dios. Y nuestras cualidades, merecidas, las utilizamos para enriquecernos y disfrutar de la vida. Porque nos lo merecemos.

Pero, llegará el momento de que tengamos que rendir cuentas y de describir cómo y dónde hemos gastado y empleado nuestros talentos o cualidades. Porque se nos han dado para que las utilicemos para el servicio y beneficio de los que, sobre todo, las necesitan. Por lo tanto, miremos que hacemos con nuestros talentos recibidos.

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