domingo, 1 de enero de 2017

Los cristianos tenemos dos madres. Una madre de la tierra, a la que queremos mucho, y una madre del Cielo, a la que nos encomendamos para que nos proteja y nos acompañe en el camino y seguimiento a su Hijo Jesús.

Una Madre en la que confiamos y le pedimos su intercesión para que nuestro corazón viejo y endurecido sea transformado, como el agua en vino, en un corazón suave, comprensivo, humilde y bueno. Una Madre que, como cuidó del Niño Dios, cuide también de nosotros.


Pero, también un padre como José. El esposo justo y custodio del gran Misterio del Hijo de Dios. Que defender y proteger a María y al Niño de los peligros y amenazas que en aquellos momentos se les presentaron. La Sagrada Familia, ejemplo y modelo, junto a los pastores de una Iglesia en adoración.

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