miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre es obstinado y, a pesar de sus fracasos insiste sobre lo mismo. Se empeña en buscar el tesoro donde no lo puede encontrar. Sí, encuentra espejismos de tesoros, pero, pronto, desaparecen como por arte de magia y sólo queda vacío, desolación y frustración.

Pero, a pesar de sus constantes fracasos, no da su brazo a torcer, y se obstina en seguir erre que erre. Quizás, atrapado y sometido por el pecado y la esclavitud a la que lo encadena el Maligno. Pierde su orientación y queda esclavizado en su propia humanidad, débil, frágil y pecadora.

Es una pena, pues su gran Tesoro está dentro de sí mismo. Lo tiene delante, lo experimenta cada vez que es capaz de amar y darse por hacer el bien, pero no lo advierte ni lo descubre. Tiene ojos, pero no es capaz de ve; oídos, pero no oye. Parece increible, pero sucede así. Una vez atrapado no es tan fácil salir. Se necesita afán de búsqueda y renuncia. Y eso obliga a un cambio de vida profunda y orientación de rumbo.

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