Sin paz nunca podremos ser felices. Y la felicidad es la meta que todos
nos proponemos. Pero el mundo no tiene paz ni tampoco la busca, pues el pecado
rompe esa dinámica.
Hay momentos en los que pienso en el gran misterio de tu existencia.
Señor, la realidad está en mí mismo. Existo y veo todo lo que me rodea. Tú,
Señor, eres mi Dios, y aunque sé que siempre estaré en deuda contigo, te doy
las gracias por tu Amor y Misericordia.
Solo cuando nos ponemos en camino de seguir a Jesús, proclamándolo
Cristo Rey del Universo, encontramos esa paz interior y esa fortaleza que
buscamos y nos hacen felices.
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