En nuestro corazón vive ese deseo de eternidad que nos mantiene
expectantes y esperanzados, y nos anima a confiar y perseverar en nuestra
fidelidad a la Palabra de Dios.
Señor, sé que Tú me
conoces y sabes todo de mí. Eso me tranquiliza, porque sabes que todos mis
esfuerzos están en seguirte. Y sabes también de mis debilidades, mis fracasos,
mis errores, mis apetencias y mis pecados. Y conoces que en ti confío y mis
esperanzas descansan en tu infinita Misericordia.
Somos hijos del Dios de la vida y su amor por nosotros no tiene límites. Hablaremos en su hogar, formando con el resto de los seres humanos una única familia reconciliada. Avancemos con esa certeza.
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