El valor de lo compartido está en directa proporcionalidad con la
intención y la medida con que se da. De modo que cobra gran valor lo que se da
gratuitamente dejando atrás seguridades y necesidades.
Tú, mi Señor, eres el Rey de mi vida, y quiero vivir como súbdito tuyo.
Porque Tú eres un Rey de Amor y Misericordia infinita, perdonas todos mis
pecados y me ofreces la felicidad eterna en tu Reino. Gracias, Señor, Rey de mi
vida.
Cuando tienes experiencias de pobreza, conoces qué es pasarlo mal y
compartes lo que tienes, para aliviar la angustia de otros que hoy pueden estar
peor que tú.
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