A veces nos olvidamos de que el templo es casa
de oración y lo convertimos en un espacio social, amable y cercano, pero
olvidamos que su corazón es la presencia de Dios.
Señor, que sepa en cualquier momento de mi vida
actuar con humildad y misericordia, y entregarme en servicio por el bien de los
demás, buscando siempre la verdad y olvidándome de mis dolores y mi persona.
Jesús nos invita a revisar qué ‘mercaderías’ dejamos entrar en nuestro interior y qué cosas necesitan ser echadas fuera para que nuestros templos vuelvan a ser casa de oración.
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