Nuestra verdadera arma es la oración. Con ella
ponemos nuestras preocupaciones en manos de nuestro Padre Dios, para que Él las
acoja y su excesivo peso sobre nosotros no nos haga desfallecer.
Hay momentos, Señor, que mi cruz me dobla la
espalda. Otros, en los que me creo fuerte y capaz, aparece el desfallecimiento,
y, cuando más seguro estoy, experimento la debilidad o impotencia. Señor,
gracias por tu presencia y por cargar con mi cruz.
Que nos ayude, acompañándonos, alentándonos y fortaleciendo, a sostenernos para que podamos acoger la realidad en su dureza, agradecer lo gratuito como don y acunar los deseos de Dios en nuestro corazón.
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