lunes, 7 de agosto de 2017

Sin embargo, Jesús se compadece y les cura, y viendo su lejanía y la necesidad de comer, se compadece y les da pan. Hace entonces el milagro de los panes y los peces. Posiblemente, nosotros no advirtamos que con Jesús podemos también arreglar muchas cosas. El Señor nos descubre que Él está entre nosotros y se nos brinda a que le pidamos  la solución de nuestros problemas.

También nosotros podemos hacer más de lo que pensamos. La cuestión es compartir y ayudar a aquellos que tienen hambre. Claro, es necesario dar de comer, pero, para eso se necesita apetito y deseos de buscar ese alimento. Estando quieto y parado no se consigue nada.

Pero, también tenemos que estar atentos y alerta a la compasión y a la caridad. Quizás haya mucha gente sin saber a dónde ir ni dónde alimentarse espiritualmente. Porque, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Necesitamos el pan material y el espiritual, y así lo tenemos que pedir, pero también poner todo lo que está de nuestra parte.

domingo, 6 de agosto de 2017

Jesús se muestra tal como es. Hace visible su naturaleza Divina también junto a la humana ya conocida. Se Transfigura como Señor del Antiguo y Nuevo Testamento con la presencia de Moisés – La Ley – y Elías – los Profetas - . Nos anuncia su Resurrección y que es el Hijo amado, predilecto del Padre, enviado para ser escuchado.

Él es nuestra salvación y a ello aspiramos por medio del Bautismo, pues en él somos, por su Gracia, admitidos como verdaderos hijos de Dios y coherederos con Él, de su Gloria. Ya podemos cargar confiados y en paz con las cruces de nuestras vidas y vivir en la esperanza de resucitar para siempre con un cuerpo glorioso como el de Jesús.

Porque, resucitaremos unidos a la carne corporal con la que hemos vivido y a nuestra alma espiritual, semejantes al Señor. Sólo imaginar eso nos alienta y nos impulsa al esfuerzo, de cada día, de parecernos e imitar más al Señor. Y eso no es sino de vivir en el ejercicio del amor. Sobre todo a los enemigos.

sábado, 5 de agosto de 2017

Si pensamos un poco detenidamente y serenamente, comprenderemos que nada se sacaría con mandar a un muerto resucitado a este mundo. Porque, los que lo vean, posiblemente quedarían impactado, pero luego, como la semilla entre la cizaña, terminará por dejarlo como algo que ocurrió y, quizás, fue un sueño.

Y es que pruebas no nos faltan, y todo sigue igual. Incluso, los apóstoles, que seguían a Jesús y presenciaron sus milagros y resurrecciones, tenían dudas de la Resurrección de Jesús. Recordemos a los de Emaús o a Tomás. El sentido común nos dice que lo más lógico es aparecerse a los que le esperaban y estaban dispuestos a creerle.

El ejemplo lo tenemos en el mismo Herodes -  Pero, ¿cómo, ha resucitado y se queda igual? ¿No sería eso un signo y prueba para plantearse su fe? Lo dicho, justificamos nuestras posturas sin razones que las justifique. Nos auto engañamos.

viernes, 4 de agosto de 2017

No nos cuesta mucho darnos cuenta que a quienes conocemos nos cuesta más convencer. Convencer de algo que compromete y que, quizás, está oculto a los ojos superficiales y cómodos. Porque, ver al Señor no es fácil, ni se puede ver con cualquier ojo. Se necesita, no sólo tenerlos abiertos, sino algo más.

Porque, muchos teniéndolos abiertos y también los oídos, no han visto ni han oído. Se hace necesario abrir los ojos del corazón y llenarse de mucha humildad y confianza. Pero, también, mucha caridad. Y eso implica un chorro de renuncias. Renuncia a estar dispuesto a perder esta vida para ganar la verdadera.

Me pongo en tus Manos, Señor, y te dejo mi vida para que Tú, sabiendo que deseas lo mejor para mí, la conduzcas por el buen camino. Porque, Tú, Señor, lo sabes todo y todo lo has creado para darme gozo, alegría y vida eterna. Y yo, aún no entendiendo, me fío de Ti, Señor, y acepto confiado tus mandatos. 

jueves, 3 de agosto de 2017

El fin del mundo nos parece algo imaginario y un juego de niños. De cualquier forma, sabemos que es la realidad, porque todo lo que ha tenido un principio tendrá un fin. De algún lugar hemos salido, y, algún día iremos a otro lugar. Porque, dentro de nosotros existe una llama de vida eterna y porque también nos ha sido revelado por la Palabra de Dios.

En el Evangelio de hoy se nos presenta una comparación, que nos puede dar una idea de cómo se desarrollará el momento final del mundo. Dice así: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?»

Ignorar y mirar para otro lado no es sino ir contra nuestras propias aspiraciones naturales. Es verdad que enfrentarnos a la naturaleza humana que nos contiene, se hade duro y difícil, pero, por la Gracia de Dios,  que recibimos en el sacramento del Bautismo, podemos enfrentarnos con garantía de salir victorioso.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre es obstinado y, a pesar de sus fracasos insiste sobre lo mismo. Se empeña en buscar el tesoro donde no lo puede encontrar. Sí, encuentra espejismos de tesoros, pero, pronto, desaparecen como por arte de magia y sólo queda vacío, desolación y frustración.

Pero, a pesar de sus constantes fracasos, no da su brazo a torcer, y se obstina en seguir erre que erre. Quizás, atrapado y sometido por el pecado y la esclavitud a la que lo encadena el Maligno. Pierde su orientación y queda esclavizado en su propia humanidad, débil, frágil y pecadora.

Es una pena, pues su gran Tesoro está dentro de sí mismo. Lo tiene delante, lo experimenta cada vez que es capaz de amar y darse por hacer el bien, pero no lo advierte ni lo descubre. Tiene ojos, pero no es capaz de ve; oídos, pero no oye. Parece increible, pero sucede así. Una vez atrapado no es tan fácil salir. Se necesita afán de búsqueda y renuncia. Y eso obliga a un cambio de vida profunda y orientación de rumbo.

martes, 1 de agosto de 2017

Hoy en el Evangelio, Jesús nos habla de las buenas semillas y de las malas hierbas, cizaña. Ambas crecen juntas, pero no con las mismas intenciones. Mientras unas dan buenos frutos y son para el bien del hombre, las otras son venenosas y tratan de hacer daño al hombre, hasta el punto de destruirlo.

El mundo es ese sembrado donde están las buenas semillas plantadas por el Señor, pero también donde existen las malas, plantadas por el diablo. Es lógico que al final se haga justicia, y las malas sean castigadas o condenadas. Tal y como intentamos hacer, los de buena voluntad, en este mundo.

Esa es la conclusión a la que llega el Señor: «De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».